Nadie sabe exactamente cuándo empezó, pero desde hace cuatro meses un gato naranja decidió que el miedo no formaba parte de su vida.
Cada semana, varias veces, aparece en el recinto del tigre de Bengala del Zoológico de Chapultepec sin que nadie logre explicar cómo entra.
Lo hace en silencio, con precisión, esperando el momento en que el gran felino ha comido y el sueño lo vence.
Entonces se acerca, sin dudar, y toma su lugar frente a la bandeja de carne, como si ese espacio también le perteneciera.
El tigre lo ha visto. La primera vez, cuentan, fue desconcertante: no hubo rugido, no hubo ataque, solo una mirada larga.
Los intentos por detener al gato han sido inútiles, como si entendiera cada movimiento humano antes de que ocurra.
Hoy, la rutina continúa y el pequeño visitante se ha convertido en una historia que desafía la lógica del instinto.
